Ñuble busca recuperar sus legumbres frente al avance de las importaciones

Investigadores y agricultores impulsan el rescate de variedades tradicionales de lentejas y chícharos adaptadas a la sequía, en un esfuerzo por fortalecer la seguridad alimentaria, la agricultura familiar y la producción nacional.
La historia de las legumbres en Chile es también la historia de una pérdida silenciosa. Durante décadas, lentejas, chícharos, garbanzos y porotos formaron parte esencial de la agricultura campesina y de la dieta de millones de personas. Sin embargo, la apertura de los mercados, los cambios en los sistemas productivos y la creciente dependencia de las importaciones fueron relegando estos cultivos a un lugar cada vez más marginal.
Frente a ese escenario, investigadores del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) y productores de la Región de Ñuble han iniciado un trabajo para rescatar variedades tradicionales de legumbres que podrían desempeñar un papel clave en la adaptación de la agricultura al cambio climático y en el fortalecimiento de la seguridad alimentaria del país.
La iniciativa es desarrollada por INIA Quilamapu en el marco de un proyecto financiado por el Fondo de Distribución de Beneficios del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (TIRFAA) de la FAO. Su objetivo es identificar y reintroducir recursos genéticos de lentejas y chícharos con tolerancia a la sequía y a enfermedades, especialmente orientados a la agricultura familiar campesina del secano interior de Chile.
Como parte de este trabajo, cerca de 70 productores participaron en una jornada de capacitación realizada en Ñuble, donde se abordaron técnicas para mejorar la producción de estas especies y se analizaron los desafíos que enfrenta el sector.
Gerardo Tapia, investigador y curador del Banco de Recursos Genéticos Vegetales de INIA Quilamapu, destacó que las legumbres poseen características especialmente valiosas en un contexto de escasez hídrica. Además de su aporte nutricional, explicó, tienen la capacidad de fijar nitrógeno atmosférico en el suelo, mejorando su fertilidad y reduciendo la necesidad de fertilizantes.
Según el especialista, uno de los principales desafíos consiste en devolver al campo variedades tradicionales que han desaparecido progresivamente debido a la expansión de sistemas agrícolas más homogéneos. Muchas de estas semillas permanecen conservadas en el Banco de Recursos Genéticos Vegetales que INIA mantiene en Chillán.
“Queremos que las semillas que resguardamos en nuestras cámaras frías vuelvan al campo y cobren vida. Muchas de estas variedades antiguas poseen características únicas relacionadas con su adaptación, calidad nutricional y valor patrimonial”, señaló Tapia.
La recuperación de estas variedades no solo busca preservar patrimonio genético. También podría abrir nuevas oportunidades económicas para pequeños agricultores mediante productos diferenciados y de mayor valor agregado. Para ello, los investigadores subrayan la importancia de fortalecer la asociatividad y las estrategias de comercialización conjunta.
La preocupación por el futuro de las legumbres chilenas también fue compartida por Andrés Acuña, agricultor de la comuna de Ñiquén. A su juicio, la producción nacional ha perdido competitividad desde las décadas de 1980 y 1990, cuando estos cultivos comenzaron a competir con productos importados en mercados cada vez más globalizados.
“Hoy Chile produce cada vez menos legumbres y depende en gran medida de las importaciones. Eso genera una vulnerabilidad importante desde el punto de vista de la seguridad alimentaria”, advirtió.
El productor sostiene que la baja rentabilidad continúa siendo una de las principales barreras para recuperar estos cultivos. Los agricultores, explica, reciben una porción reducida del valor final debido a la presencia de intermediarios en la cadena comercial, lo que desincentiva la producción.
A ello se suma otro fenómeno que preocupa al sector: la creciente subdivisión de terrenos agrícolas para proyectos inmobiliarios, una tendencia que reduce la superficie disponible para la producción de alimentos en diversas zonas de Ñuble.
Pese a las dificultades, investigadores y agricultores coinciden en que las legumbres pueden desempeñar un papel estratégico en los sistemas alimentarios del futuro. Su capacidad para adaptarse a condiciones climáticas adversas, su aporte nutricional y su contribución a la salud de los suelos las convierten en una alternativa relevante para avanzar hacia una agricultura más resiliente.
La iniciativa impulsada por INIA y la FAO busca precisamente avanzar en esa dirección: conservar recursos genéticos valiosos, fortalecer la producción local y promover un mayor consumo de alimentos que durante generaciones fueron parte fundamental de la mesa chilena.



