El recurso “invisible” que regirá la geopolítica y la economía del siglo XXI: El agua

29 junio, 2026
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Mientras la atención global sigue centrada en la energía y los minerales críticos, un recurso mucho más silencioso comienza a redefinir el equilibrio económico y geopolítico del planeta. En esta columna, Andrés Schuschny analiza por qué el agua dulce se perfila como el activo estratégico que marcará los grandes desafíos del siglo XXI.

Por Andrés Schuschny, Ph.D. en Economía y profesor universitario en la Universidad Internacional de Valencia.

El recurso estratégico que definirá el siglo XXI no será el petróleo, ni los microchips o ni el litio u otros minerales, sino el agua dulce. El agua constituye la materia prima invisible que sostiene prácticamente toda la economía moderna y que, a diferencia del petróleo, continúa siendo un recurso cuyo verdadero valor económico rara vez queda reflejado en los mercados. Aunque el agua aparenta ser abundante ya que forma parte del ciclo hidrológico, la disponibilidad de agua dulce de calidad, en el lugar y momento en que se necesita, está cada vez más limitada debido al crecimiento de la demanda en muy diversos sectores, el cambio climático y la sobreexplotación de acuíferos subterráneos.

En los noventa el geógrafo británico John Anthony Allan acuñó el término “agua virtual” con la finalidad de dar cuenta del volumen de agua utilizado durante todo el proceso de producción de los diversos bienes que se exportan con destino a regiones del mundo con escasez hídrica, aunque dicha agua no sea visible en forma concreta. Por ejemplo, para producir un kilogramo de paltas se requiere aproximadamente 900 litros de agua, una camiseta de algodón demanda varios miles de litros y un kilogramo de carne vacuna puede requerir hasta 15.000 litros, considerando el agua consumida por el animal, así como la empleada en la producción de su alimento.

En tal sentido, el comercio internacional supone en forma subyacente un gigantesco intercambio de agua virtual entre países. Cuando un país exporta tomates, arroz, algodón o soja, también está exportando el agua utilizada para producirlos, la cual puede provenir de acuíferos cuyo volumen está reduciendo, aunque no aparezca en las estadísticas comerciales ni tenga un precio explícito, pero represente una transferencia real de recursos hídricos entre territorios.

La situación se agudiza si consideramos el crecimiento exponencial de la inteligencia artificial, así como de la transición energética que estamos viviendo y que constituyen ejemplos de demanda hídrica relativamente oculta. Los centros de datos requieren grandes volúmenes de agua para refrigerar sus servidores, pero además consumen enormes cantidades de electricidad. Cuando esa electricidad proviene de centrales térmicas, también se requiere de agua para enfriar las instalaciones y para extraer el hidrocarburo, por lo que el consumo hídrico total es considerablemente mayor que el informado por las empresas tecnológicas. Por ejemplo, Google ha reportado que su consumo anual de agua estaba aumentando desde aproximadamente 4.300 millones de galones/año hasta más de 8.100 millones de galones/año en sólo tres años, impulsado por la expansión de la inteligencia artificial que requieren centros de datos de mayor envergadura.

Asimismo, las energías renovables también presentan una importante huella hídrica. La fabricación de baterías para vehículos eléctricos depende del litio, gran parte del cual se extrae del triángulo del litio donde está el Salar de Atacama, mediante el bombeo y evaporación de salmueras subterráneas o, el cobre utilizado en motores eléctricos, aerogeneradores y redes de transmisión que también requieren importantes volúmenes de agua durante el procesamiento. Por otro lado, la producción de paneles solares necesita agua ultra-pura para fabricar las obleas de silicio, mientras que el hidrógeno verde requiere agua dulce de alta calidad para la electrólisis.

La desalinización del agua marina aparece como una posible solución, aunque con importantes limitaciones ambientales. Por cada litro de agua dulce producido se generan aproximadamente entre 1,5 y 2 litros de salmuera altamente concentrada, que posteriormente son descargados al mar. Esta salmuera incrementa la salinidad de las aguas costeras y puede afectar significativamente los ecosistemas marinos.

En este contexto, el control de las fuentes hídricas puede convertirse en un instrumento de poder geopolítico comparable al que tiene el petróleo. Tomemos el caso del río Mekong, cuya cuenca abastece a decenas de millones de personas en el sudeste asiático. China ha construido 11 grandes represas en sus nacientes, lo que le permite regular parte del caudal que reciben países como Laos, Camboya y Vietnam. Algunos estudios citados en el video atribuyen entre el 30 % y el 50 % de las anomalías recientes en el caudal a la operación de estas infraestructuras. Otro fenómeno relevante es el del denominado “water grabbing” o acaparamiento de agua: Países con escasez hídrica, como podrían ser los del Golfo Pérsico o China, por ejemplo, están adquiriendo o arrendando grandes extensiones agrícolas en África, Sudamérica y el sudeste asiático. Más que comprar tierras, están adquiriendo el derecho a utilizar el agua contenida en sus acuíferos para producir alimentos destinados a la exportación y transfiriendo así enormes volúmenes de agua virtual hacia sus propios mercados.

Dado que el 97 % del agua del planeta es salada y que gran parte del agua dulce restante permanece congelada o almacenada en acuíferos cuya recarga puede tardar siglos o incluso milenios, el problema, no es que el agua desaparezca del planeta, sino que estemos extrayendo agua dulce limpia a una tasa mucho mayor que la que posee la naturaleza para reponerla. Por otro lado, el 70% del agua dulce del planeta se destina a la agricultura. Sequías más intensas, suelos degradados y conflictos por cuencas compartidas están reduciendo la capacidad de producir alimentos de manera sostenida. La ecuación es simple: menos agua, menos alimentos; menos alimentos, más conflictos. Bajo esta perspectiva, el agua se convierte en el recurso que sustenta silenciosamente la producción de alimentos, la minería, la energía, la industria tecnológica y el desarrollo económico en general, por lo que el siglo XXI podría estar signado por una disputa cada vez más intensa por el acceso, control y gestión del agua dulce, un recurso estratégico cuya verdadera importancia comenzamos a vislumbrar.

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